En el mundo de los que leen existen algunas personas muy afines a ciertos textos. Por ejemplo, en este momento, mientras escribo, me siento cerca de algunos poemas de Benedetti y de Levertov, de algún que otro cuento de Carlos Fuentes y también de un relato de un joven muy amigo mío que trata sobre una heladera que le habla, sobre preguntas sin respuestas y sobre la cuestión de los asteriscos tridimensionales. Generalmente esta intensa e íntima relación que se genera entre un escrito y un lector se da a primera vista: abrimos el libro, leemos y pum. La atracción es instantánea.
Esto mismo que relato me ocurrió una tarde, no hace demasiado tiempo, mientras leía un libro que contenía diez cuentos. No tenía autor ni fecha de edición. De tapa blanda y hojas muy delgadas éste ejemplar se dejaba leer de corrido y sin pausas. Como ya les conté, tenía diez cuentos pero solo uno de ellos llamó mi atención y me dejó extremadamente reflexivo. No voy a resumir aquí el contenido del cuento. Al final del relato entenderán que no es lo importante sino lo que sucedió con él.
Hace algunos días conversaba con este escritor joven muy amigo mío sobre el propio acto de escribir (ya sea una prosa, un poema o un ensayo) y sobre como reacciona, consciente e inconscientemente, el autor hacia ese acto. También charlábamos (luego de unas copas de un interesante Malbec cosecha 2009) sobre el género fantástico y su inserción en nuestra realidad. Él exponía sobre esto último sin interrupciones « (…) Estoy convencido che, que el genero fantástico tiene algo más que los demás. Es que al escribir un relato que desencaje de ésta perra realidad sensorial, por lo menos yo, siento que estoy creando un sinfín de posibles confusiones que pueden aparecer entre mi mundo literario y el real. Ahora bien, no te digo que todos los textos que escribo van a traducirse en hechos sensibles en este momento y en este lugar, sino que hacen un poco más fina la pared que nos separa de todo lo demás que no vemos. Entonces es ahí donde un pequeño vaivén de ideas puede traernos a este café, algo increíble (…)»
Como bien dije antes, este cuento, que en sí mismo fue para mí una revelación, me había hecho reflexionar acerca de algunas cuestiones y justamente por eso necesitaba volver a leerlo.
Fue una tarde lluviosa, dos días después de haber conversado largo y tendido con mi querido amigo, cuando fui a buscar el libro a la biblioteca que estaba en el sótano de la casa. En ese lugar había muy poca iluminación, pero pude divisar el mueble y cuando mis ojos se adecuaron al cambio de luz repentino, encontré el libro en el estante, justo donde lo había dejado. Lo tomé, pero no salí de allí. Abrí el libro y fue a la página noventa y ocho. El cuento no estaba. Mi primera reacción fue de calma. Seguramente, pensé, recordaba mal la página, así que me decidí a buscar hoja por hoja. Después de 15 minutos de ir y venir entre las páginas una y otra vez, el cuento seguía sin aparecer.
Ya en ese momento no estaba tranquilo, me sentía perturbado y confuso porque no cabía la posibilidad de una equivocación, lo había comprado hace apenas algunas semanas y tenía bien en claro que el cuento le pertenecía.
Comenzaba a aparecer el sudor frio, el temblor en las manos, la concentración se había enfocado en un grotesco intento de hacer memoria a pesar de estar seguro de mi recuerdo. El cuento seguía sin aparecer.
Deje caer el texto y me senté en el suelo. Estaba muy confundido y perturbado porque quizá todo había sido una alucinación mía, o quizá realmente la memoria me había jugado una mala pasada y me había enredado en una de sus tretas tan comunes.
Habían pasado unos minutos cuando miré hacía donde estaba el libro y me di cuenta que había quedado abierto justo en el prólogo. Lo tomé y leí. Cuando terminé me tomé dos minutos para reflexionar y después tuve un poco más claro todo. Dejé el libro donde estaba, fui a mi dormitorio, encendí un cigarrillo y salí a caminar un poco. Llegué hasta la esquina de Moreno y Balcarce. El barrio de Montserrat siempre me traía buenos recuerdos.
El prólogo decía exactamente así:
“Éste libro no ha sido escrito por nadie. Solamente por la existencia aquí de la letra impresa usted no debe bajo ningún punto de vista pensar estas prosas como un todo material. Este libro no existe y nunca existirá en el sentido en el que todos los demás libros existen. Todo lo que fue escrito de aquí en adelante sucederá en frente de sus ojos en el momento y en el lugar menos pensado porque, justamente estas letras, son productos de un mundo fantástico en el que la razón humana no tiene consideraciones ni implicancias. Usted, lector, encontrará aquí la respuesta a todas sus preguntas. Éste manuscrito no esta formado por diez cuentos, ni por uno, ni por mil”
Ahora, en este cafetín porteño, estaba más tranquilo. Pensaba un poco mientras me fumaba un cigarrillo.
Traía a mi cabeza algunos fragmentos de la charla con mi amigo y sonreía: «Entonces es ahí donde un pequeño vaivén de ideas puede traernos a este café, algo increíble».
Ya no importaba si el cuento había existido o no, si realmente lo había leído, lo había imaginado, o había desaparecido. Lo importante ahora era este café y este cigarrillo.
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